Hay una imagen del mercado que, a primera vista, resulta difícil de entender.
Por un lado, el S&P 500 acaba de marcar nuevos máximos históricos, impulsado por la fortaleza de las grandes compañías estadounidenses y por unas expectativas más favorables sobre la política monetaria de la Reserva Federal. El jueves 13 de agosto, el índice cerró en 7.798,99 puntos, un nuevo récord, después de que los últimos datos de inflación redujeran el temor a nuevas subidas de tipos.
Pero, al mismo tiempo, existe otro mercado que está enviando un mensaje mucho más incómodo.
El mercado de bonos.
Y especialmente el bono del Tesoro estadounidense a 30 años.
Mientras la Bolsa parece decir que todo va bien, la deuda de largo plazo está reflejando preocupaciones relacionadas con la inflación, el déficit público y la enorme cantidad de deuda que Estados Unidos tendrá que seguir financiando.
Y aquí aparece la pregunta que merece toda nuestra atención:
¿Está Wall Street ignorando una señal que el mercado de bonos lleva meses lanzando?
La Bolsa está en máximos y eso parece una buena noticia
El S&P 500 está viviendo un momento extraordinariamente fuerte.
El índice ha encadenado nuevos máximos históricos y acumula una subida cercana al 14% en lo que llevamos de año, según los datos de cierre del 13 de agosto. El Nasdaq también se encuentra en niveles récord.
El escenario que está comprando actualmente el mercado es bastante atractivo.
La inflación parece moderarse, los precios de la energía han comenzado a aliviarse y los inversores descuentan que la Reserva Federal tendrá margen para evitar un endurecimiento monetario adicional.
De hecho, los últimos datos de inflación mayorista fueron más suaves de lo esperado y ayudaron a reducir las expectativas de nuevas subidas de tipos.
Todo esto es positivo para las acciones.
Pero existe un problema.
El mercado de bonos no parece estar tan tranquilo como la Bolsa.
El bono a 30 años está enviando una señal completamente diferente
Cuando hablamos de bonos, hay que entender una relación fundamental.
Cuando el precio de un bono baja, su rentabilidad aumenta.
Y cuando hablamos de deuda a muy largo plazo, como el Treasury
